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Estoy perdiendo a mi hijo.

Eso era mi pensamiento al despertarme en la madrugada. No, no es que él está muriéndose (¡gracias a Dios!). Ni se lo lleva ninguna persona. Ni siquiera está en rebelión contra nosotros – pues, solamente tiene 12 años. No, me temo que el problema es mucho peor que eso.

Él está creciendo.

Ahora, antes de que te me enojes por haber implicado que era algo grave para que leyeras este post, cuando uno se despierta a las 4 de la mañana, este pensamiento puede ser (y de hecho, fue) muy aplastante. Después de años de anticipar ser un papá, después de 4 hijos y 12 años de construir nuestra familia, de compartir tiempo junto, de observarlos creciendo, aprendiendo, luchando y madurando, es muy difícil aceptar que solamente me faltan 5 años cortos antes de que el primero se vaya, y que nuestra familia, en que hemos invertido tanto amor y esfuerzo, va a disminuir y cambiar. Como decimos en inglés, eso es muy difícil de tragar. Y no es solamente el mayor. Después de que él se vaya, cada 2 años otro va a graduarse e irse. Yo sé que tal vez van a todavía vivir con nosotros a veces, pero solamente por tiempitos. Y sé que todavía los vamos a ver, pero de todos modos… se estarán yendo. Y pronto, se habrán ido.

Y ahorita, ese pensamiento me mata.

Yo sé que no estoy descubriendo nada nuevo. A través de la historia casi todos los padres han tenido que pasar por este rito. Tal vez las situaciones o los sentimientos son diferentes ahora, o más fuertes que eran en el pasado, pero lo dudo. Tal vez nada más soy un hombre muy sentimental que está pensando demasiado. Eso probablamente tiene mucha razón. Pero de todos modos, la realidad es que perder a sus hijos (o a cualquier persona), sea por la muerte, la rebelión, o solamente porque se van, es horrible. Lloramos la pérdida.

Reconozco que me está pegando una ola de lo que llamamos “dolor de anticipación”. La idea de perderlo, o cualquier de mis hijos, es muy doloroso para mi, y tal vez se amplifica porque esperamos estar en México cuando él se gradúa, entonces es muy posible que él vaya a ir a Canadá para la escuela o para trabajar. Entonces, cuando se vaya, puede que se vaya muy lejos. Y me causa dolor pensar en cómo eso va a cambiar la dinámica de nuestra familia, sobre todo porque ahorita, los mejores amigos de nuestros hijos son ellos mismos!

Entonces, ¿qué hay que hacer con esta tristeza y dolor? Podría esforzarme y aguantarlo, porque todavía tengo 5 años más con todos en casa, pero eso no cambia la realidad que eso va a pasar y que los 5 años van a pasar muy rápido. Podría vivir con gratitud que todavía lo tengo en casa, y que aún después de que se vaya anticipamos poder verlo más o menos regularmente. Y sí, estoy agradecido por eso. Podría aceptar que esto es simplemente una parte de la vida, y que tengo que manejarlo. Definitivamente eso es cierto. Pero para mí, de esta situación surge otra pregunta aún más grande.

¿Qué pasa cuando perdemos a él – o yo, u otro de mis hijos, o mi esposa – permanentemente. ¿Qué pasa cuando uno de nosotros muere?

Por ahí encontramos la dificultad. Toda esta pérdida, toda esta tristeza, solamente anticipa el día en que esta pérdida se hace permanente, y estas relaciones a que hemos dedicado tanto tiempo y esfuerzo terminan. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede algo tan precioso, tan valioso, terminar tan bruscamente? ¿Me equivoco por sentir estafado, por sentir que ese resultado no está de acuerdo con lo que sentimos? ¿Por qué, a pesar de las declaraciones de nuestra cultura que creemos completamente en la evolución y que la humanidad tiene que crear su propio significado y que no hay un significado trascendente, le decimos a una niña que nos pregunta sobre Dios que, “De alguna manera u otra todos terminamos en el mismo lugar. Eso es lo que quieres saber, ¿verdad?” (Una cita de la película Un don excepcional”, con Chris Evans y Mckenna Grace – ¡vale la pena verla!) Aunque es una interacción ficticia, resalta nuestro deseo de seguir viviendo, de seguir más allá de la muerte, de no perder lo que amamos y quienes somos.

Entonces, cuando me despierto en la madrugada, angustiado por la pérdida-que-viene, me acerco a Dios, o más específicamente, a Jesús, creyendo que él existe y que la vida trasciende este mundo y que todo lo que experimentamos y las relaciones que son tan importantes no tienen que terminar.

Es cierto que tengo muchas preguntas sobre lo que pasa después de la muerte. No tenemos testigos oculares (con la excepción de Jesús, quien de veras no nos dio muchos detalles sobre lo que viene). Pero las posibilidades son muy limitadas – principalmente hay tres: o dejamos de existir, o seguimos existiendo como las personas que somos (tal vez con algunos cambios), o de alguna manera reencarnamos y/o nos fusionamos en algún tipo de unidad. Claro, hay variaciones, pero esas son las posibilidades principales. Espero poder examinar este concepto la próxima semana.

También es cierto que tengo muchas preguntas sobre Jesús y Dios, pero me estoy dando cuenta que muchas de ellas no surgen de la evidencia o la carencia de evidencia, pero más bien de mis propias presuposiciones que lo hace difícil de creer en algo sobrenatural. A lo mejor puedo abordar ese tema en unas semanas.

Pero mientras tanto, tengo un hijo (o 4) que tengo que acostar. 5 años van a pasar muy rápido, y tengo ganas de disfrutarlos.

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